Mudarse, transformarse, ser.
T me cuenta que mudarse es uno de los eventos vitales más estresantes que hay, por detrás de la muerte de un ser querido, el encarcelamiento, el divorcio y el nacimiento de un hijo.
Yo, que he pasado por todo menos por la cárcel, doy fe de que es mentira. Mudarse debería estar en el top de la lista.
Mis cambios previos de domicilio sólo conllevaron llevarme a mí misma del punto A al punto B con dos maletas grandes que contenían todas mis pertenencias, y luego ir poco a poco averiguando dónde comprar el pan y cómo llegar al trabajo sin perderme. Esta vez ha conllevado empaquetar muebles, niños y gato y cruzar un puente que separa dos países que desde lejos parecen similares pero no lo son.
Ha sido tan estresante que he contemplado el divorcio para no tener que cambiarme de domicilio. Fantaseaba con cederle a C la patria potestad y yo dedicarle a mis vástagos dos fines de semana al mes y la mitad de las vacaciones de verano. Incluso la cárcel me parecía un hotel a pensión completa comparado con el suplicio de tener que decidir qué quedarnos y qué tirar, cómo encontrar un colegio para los niños y qué supermercado es el mejor para conseguir productos parecidos a los que estamos acostumbrados porque estaremos de acuerdo que no todas las leches de soja son iguales y tomarse un cappuccino que te deja un regusto a arena es empezar el día de mala hostia.
El caso es que al final apreté puños y dientes y pasé por todo el proceso sólo para llegar al otro lado del Øresund maravillada de la ligereza y serenidad con la que mis hijos han llevado el traslado.
P se pasó dos días llorando por echar en falta a sus amigos, cosa que me parecía dentro de lo esperable. Una tarde me espetó el inevitable “te odio” ante lo que le dije “Me parece muy bien, pero vas a tener que escribirme una redacción exponiéndome los motivos por los que me odias.” Emergió de su habitación 20 minutos más tarde para entregarme el documento en el que explicaba que la intensidad de su desdén se debía a que esa tarde no le había dejado salir solo con la bici. Yo, que imaginaba que me iba a hablar de traumas insuperables ante la pérdida de sus seres más queridos (entre los que no contaban los miembros de su familia más cercana), me alegré que el altercado tuviese tan fácil solución. Le pasé el casco y un chaleco reflector y le dije “vuelve para la cena.” No ha vuelto a llorar desde entonces y me ha confesado que el colegio nuevo le gusta.
Luego está E, que tras cinco años de escucharnos a C y a mi hablarnos en inglés me reveló en la guardería que todo este tiempo había estado prestando atención. Al no entender al maestro en danés se puso a hablarle en inglés con el desparpajo de quien sabe que pase lo que pase un adulto va a entenderle y todo cuanto precise le será concedido, caiga quien caiga.
CA ha sido la que más me ha sorprendido por su facilidad de amoldarse y de no anticipar ningún obstáculo insalvable al abrirse camino en tierras extrañas. CA tiene la capacidad de reírse con todo el cuerpo y si algo es realmente divertido se hará pis encima inevitablemente. Tanto es así que tiene que llevar una muda limpia a la escuela por si acaso. No os creáis que no tiene criterio; CA tiene un humor muy fino y si alguien la ha hecho reír hasta la micción incontrolada puede considerarse una persona divertida. Es como recibir el premio Nobel de la hilaridad.
El primer día de escuela los acompañaba y paré en seco a mitad de camino cuando me di cuenta que habíamos olvidado la ropa extra en casa. CA me dijo muy tranquila: “No pasa nada, mamá. Como no entiendo el danés nadie me va a hacer reír hasta ese punto.” Una semana más tarde ya se había hecho pis en la escuela, se cambió la ropa sin problemas y siguió jugando. Ese día, mientras ponía los vaqueros y la ropa interior con ese olor a amoníaco punzante en la lavadora pensaba que todo iba a salir bien.
Antes de ser madre recuerdo a una técnico de laboratorio con la que trabajaba en Nueva York preguntarme por qué quería serlo1. Lejos de hablarle del amor existencial que una siente por sus hijos (es un amor del normal, amor es amor, queridos míos, no hay intensidades, pero la gente lo confunde con otras emociones), le dije que lo que me atraía de ser madre es ser testigo en primera fila de personas llegando a ser lo que son dentro de sí. Lo que yo deseaba contemplar era este lento desplegarse de un ser humano hacia lo que está llamado a ser. Observar los titubeos del devenir, la manera en que se aprenden a sí mismos mientras aprenden el mundo. Mis hijos no son extraordinarios porque sean míos; lo son porque son niños.
Por aquel entonces tenía 34 años y anticipaba lo de tener hijos con mi reloj biológico sonando cual Big Ben en mi cabeza.



Eres genial, des de nana quan començares a desplegarse...Genial!!!!
Què bonic Ana! Ens alegra tant!