El adversario interior.
Apuntes a destiempo sobre 2025
T me ha recomendado que haga balance del 2025. Llego tarde, entre otras cosas porque 2025 ha sido un año difícil y no apetece demasiado mirarlo de frente. Aun así, como lo mío es hacer deberes, aquí estoy: balanceando.
Llevo algo más de un año intentando reinventarme profesionalmente. Los motivos son pocos pero intensos, y no me caben del todo en esta carta. No es que no me guste mi trabajo; lo que me incomoda es un sistema sanitario que se dedica a poner parches a una sociedad que prefiere consumir vídeos cortos en YouTube antes que buscar soluciones y no se siente responsable de su devenir. El modelo actual es insostenible, mejor ya os lo adelanto. Dicho esto, prometo no ponerme apocalíptica. Cuando me pongo en este plan, en lugar de quejarme me ha dado por tararear a Nacho Vegas. Qué gran disco el de El Manifiesto Desastre.
En 2025 quise cambiar de trabajo, pero no se me dio especialmente bien. No aspiraba a vender macramé online ni a una segunda carrera como bailarina profesional. Quería seguir en sanidad, pero en una rama que potencie la salud más que limitarse a remediar la enfermedad. La prevención es, con diferencia, la intervención más eficaz contra el cáncer. Y aquí lo dejo.
El plan inicial parecía sensato: reordenar el currículum, poner en valor las llamadas soft skills, hacer un curso de salud pública y avanzar desde ahí. Lo he dado todo, y le he puesto tanta ilusión, tanta energía. A mitad de esta maratón que se me antojaba un sprint la señorita Ufana que llevo dentro me susurraba engreída:
“Qué extraña fortuna la mía, que de poder hacer menos siempre quiero hacer más”.
Año y medio estudiando, enviando currículums en todas direcciones, sin suerte. Emails recibidos con chatbots agradeciéndome la participación en un proceso en el que nunca he salido ganadora. El golpe final llegó hace un mes, cuando me llamaron para decirme que un puesto que iba a ser un paso en la dirección correcta ya no lo sería. Los motivos, en el fondo, son irrelevantes: lo que iba a ser, no fue.
Morir de sed y beber del mar.
En esta carrera por reinventarme perdí un poco el norte. Empecé a creer que todo se reducía a demostrar capacidades, y me puse a hacerlo todo. Literalmente TODO. No hubo proyecto ni iniciativa en el trabajo para la que no me ofreciera voluntaria. La señorita Eficiente que vive en mí repetía convencida: “esto demuestra liderazgo”, “esto acredita tu capacidad de coordinación”, y una larga lista de consignas que hoy se me antojan un poco ruido. El resultado: 31 de diciembre y de nuevo en la casilla de salida. Nunca se me dio bien el parchís.
Te diré mil cosas por las que llorar.
Lo peor fue que, en el intento de brillar profesionalmente, dejé de hacerlo en casa. El estrés de un inbox siempre pendiente, de proyectos a los que acudir, la perpetua sensación de no llegar a todo. Como tener una app permanentemente abierta en segundo plano, consumiendo energía sin que te des cuenta.
Qué extraña condena la mía, la de querer hacer más cuando lo que necesito es hacer menos.
Hace unas semanas T me preguntó qué cosas me gustaban de mí misma. Lo primero que me vino a la cabeza fue el sonido de mi risa, que me recuerda a las campanas de una iglesia cuando se celebra una boda. Me eché a llorar, porque hace mucho tiempo que no me rio de verdad. Echo en falta mi risa sonora. Ahora si me rio siento una losa sobre el pecho inmediatamente después. El peso de no haber dosificado la esperanza. Menudo drama autoinfligido. Ya lo dice Nacho Vegas ‘estas penas siempre llegan por torpeza’.
Que es jodido ya lo sé. Pero no es dramático. Esto no es tan trágico.
Para 2026 he dejado el calendario en blanco. Ser eficiente no se me ha dado especialmente bien así que en 2026 pienso hacer mi trabajo —el de oncóloga— igual de bien que siempre, y ya. Lo único que voy a planear son las vacaciones, por aquello de pillar los billetes de avión a un precio razonable.
A ver si, sin planes, vuelvo a reírme. Sin más.




Acuérdate, querida amiga, de que nadie se dice nunca a sí mismo, al final de sus días, que tendría que haber trabajado un poco más. Un abrazo muy fuerte y ojalá este año te traiga el viento a favor.
Me he sentido tan identificada con tu relato... aunque vivimos vidas tan distintas, mi 2025 también resultó ser un año en el que me desgasté tratando de demostrar qué tanto puedo hacer en mi vida profesional y personal... por los demás...y para mí... las sobras. Que el 2026 nos pille riendo a carcajadas y descansando la mente y el alma.